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Por Martín Borja, publicado en Primera Página, 4/2000 Una misma historia puede comenzarse a narrar de diferentes modos, y la historia de Roberto Arlt no cabe sino narrarse de éste: Roberto Arlt fue un escritor maravilloso. (* )
Cada vez que las efemérides de rutina conmemoran números redondos, y más cuando se trata de un centenario, los críticos literarios y el mundo culturoso preparan su arsenal analítico y ensayístico con el mayor énfasis posible y el mercado editorial, por su parte, se ocupa de poner de moda autores ya clásicos. Tales son los casos recientes de Hemingway, Oscar Wilde o Jorge Luis Borges. Y no está mal, siempre que no sea sólo una moda. La reaparición de obras que fueron y son imprescindibles para la historia de la literatura es siempre un dato interesante. El año 2000 trae una conmemoración más que importante para la cultura argentina. El centenario del nacimiento de Roberto Arlt seguramente no pasará desapercibido pero tampoco contará, obviamente, con las efusividades que a uno le gustaría que tuviera. Y no porque su figura no haya sido canonizada en el ámbito literario vernáculo al lado de los otros grandes de este siglo. Sino porque existe todavía cierto fantasma arltiano indomable que, por un lado, no se dejó engañar por las grandes luces y, por otro lado, no terminó de ser aceptado en su totalidad. Tal vez porque en su época fue mucho más popular como cronista a través de sus Aguafuertes Porteñas escritas diariamente en el diario El Mundo; esas reflexiones sarcásticas de ciertos personajes -algunos queribles, otros nefastos- que pululaban en las calles de Buenos Aires. En cambio, sus novelas -El juguete rabioso (1926), Los siete locos (1929), Los lanzallamas (1931) y El amor brujo (1932) - recién cobraron mayor prestigio años después de su muerte, cuando fue editado a fines de la década de los ´50 un gran ensayo sobre su obra, del crítico Oscar Masotta. Sus novelas, al igual que su abundante producción de cuentos y piezas teatrales, cultivaron un estilo único en su forma literaria, y una actitud reveladora en su contenido a la hora de caracterizar las profundas encrucijadas y desventuras que vivían sus personajes. Su marcada influencia por la literatura de realismo social -representada en Buenos Aires por el grupo de Boedo- lo movía a una particular observación y descripción del hombre de la calle. Sus historias son de fracasados, de trabajadores, de lumpenes, de inmigrantes anarquistas. Historias de traición como la de Silvio Astier en El Juguete Rabioso, o la de Saverio el cruel. Historias que él vio de cerca y sufrió también en carne propia. La pobreza, la violencia social y familiar. Roberto Godofredo Christophersen Arlt. Así figuraba en su documento. No tan precisa es su fecha de nacimiento. Algunos dicen el 2 de abril de 1900. Otros el 26 de abril. Hijo de inmigrantes-su madre de origen austríaco, su padre alemán-, creció en una humilde casa del barrio de Flores y su educación escolar fue interrumpida a los nueve años: “...he cursado las escuelas primarias hasta el tercer grado. Luego me echaron por inútil.” Sin embargo, ya a esa edad, comienza a frecuentar las bibliotecas, y a demostrar un gusto especial por la física, la química y las matemáticas, y por supuesto, la literatura. Primero fueron Baudelaire y Verlaine; luego Gorki, Dostoievski y Balzac. Todos fueron inevitables influencias para Arlt en la construcción de su futura obra. Los enfrentamientos con su padre y la seducción que le producía vivir la calle hicieron de él un experto en oficios de todo tipo: hojalatero, pintor, mecánico, dependiente de librería, corredor, fabricante de ladrillos y trabajador portuario, entre otros. Se casa a los 22 años y en 1925 nace su hija Mirta. Al poco tiempo, comienza su labor en el periodismo: primero se hace amigo de Ricardo Guiraldes y escribe para su periódico La Hora, luego Natalio Botana lo invita a hacer crónicas policiales para Crítica y, a partir de 1927, escribirá durante varios años en el diario El Mundo sus famosas Aguafuertes Porteñas, que luego serían Aguafuertes Españolas, a raíz de un viaje por Europa y el norte de Africa. A partir de aquel itinerario también surgirán los cuentos de temática marroquí editados en el libro El criador de Gorilas. Para ese entonces, en Buenos Aires se hacían representaciones de sus obras teatrales y ya se habían publicado todas sus novelas. La tuberculosis perseguía a su familia: primero muere su hermana, luego su esposa en 1940. Lo único que le queda es su madre anciana en Córdoba, que vive pobre igual que él. El escritor de Los siete locos y El juguete rabioso -dos de las mejores novelas argentinas de todos los tiempos- se las rebusca de todas formas para conseguir dinero. Fiel a su gusto por los inventos, está obsesionado antes de morir con la fabricación de unas nuevas medias de mujer. Elisabeth Shine, su segunda esposa, contó alguna vez que “...las medias no funcionaban... la gente le decía que mejor se dedicara a escribir y no perdiera el tiempo con eso. Pero él seguía ilusionado con su invento...”. Murió el 26 de julio de 1942 en Buenos Aires, por un paro cardíaco. Poco tiempo después, nacía su segundo hijo, Roberto Arlt. * Nota: El copete de esta nota se basa en el comienzo del cuento “Halid Majid el achicharrado”, de R. Arlt. |
Producción Periodística: Martín Borja ¦ Diseño: Hernán Manuel García Blesa